Un encuentro para recordar el camino

Por: Diego Vintimilla

En la política es recurrente hablar de realismo, o recurrir a esa doctrina para justificar las acciones que toman los gobiernos en el marco de sus capacidades materiales y políticas y para comprender también los márgenes de maniobra en lo que pueden actuar las instituciones estatales para tramitar los anhelos ciudadanos, aunque en muchas ocasiones de nuestra historia latinoamericana ese realismo termino siendo el alcahuete del accionar antipopular de las clases gobernantes al momento de imponer el recetario neoliberal del Consenso de Washington.

No obstante, y como suele ocurrir en la historia, la región ha logrado marcar un hito en cuanto al desarrollo de su forma de hacer política, a tal punto que, como señala el Rafael Correa, atravesamos un cambio de época; en la que hemos logrado detener y revertir el ciclo neoliberal para impulsar una agenda nacional, democrática, antiimperialista que da cuenta de un enfoque que es más real que realista, que no se detiene mucho en las limitaciones sino se propone objetivos políticos que logra plasmarlos a través de la acción decidida de los gobiernos llamados progresistas (aunque debamos discutir más a profundidad la palabra progresismo).

Sin embargo, aunque quisiéramos que fuera de otra manera, la irreversibilidad de los procesos políticos en Latinoamérica no está de ninguna manera garantizada. Aunque los avances en cuanto a materia de estabilidad democrática, de respeto a la institucionalidad y al marco constitucional de nuestra naciones son innegables, las amenazas de regresar al esquema de acumulación neoliberal acechan a nuestra región; así pues bajo la categoría de “restauración conservadora” vemos encajar una serie de iniciativas y sectores políticos que empiezan a redibujar a la derecha y de renovar discursos para procurar su retorno al poder.

Intentos de golpes blandos, calentamiento de las calles, alianzas ideológicas anti natura, cooptación de plataformas históricas del campo popular, tergiversación mediática, campañas de miedo, satanización del comunismo, entre otras son las tácticas de la derecha para desgastar la credibilidad de los mandatarios; acciones que están plenamente respaldadas por gobiernos extranjeros y financiadas desde las agencias de injerencia del imperialismo norteamericano a través de ONGs, o como García Linera llama, Organizaciones de otros Estados en nuestros países.

Ante ese contexto, y siendo muy realistas, es que las fuerzas de izquierda que impulsamos y damos soporte a los gobiernos progresistas de la región debemos fortalecer nuestras capacidades de respuesta, pero sobre todo nuestras capacidades de propuestas para hacer frente a las amenazas de la restauración conservadora. Es ahí donde espacios de convergencia y debate como el Encuentro Latinoamericano Progresista adquieren absoluta necesidad y pertinencia frente al momento histórico, pues permiten dimensionar la campaña de liberación emprendida en nuestros países como una causa regional, o como diría Chávez: Grannacional, así como también encontrar la impronta imperial en los ataques que sufren nuestros gobiernos.

El ELAP, así como el Foro de Sao Paulo, o los encuentros de la sociedad civil u organizaciones sociales del ALBA, UNASUR o CELAC se constituyen en espacios de convergencia militante, en los cuales no se encuentran gobiernos, sino se encuentras ciudadanos que hacen gobierno para plantear rutas de tránsito colectivo, programas de unidad urgente e indispensables. Así como durante 50 años la solidaridad con la Cuba socialista de Fidel unió a la izquierda latinoamericana hoy se tornan necesarias nuevas banderas que mantengan los antiguos anhelos de independencia, soberanía y patria.

En ELAP, en lo particular se ha propuesto ser el encuentro de las izquierdas en los gobiernos, de las izquierdas que a golpe de realidad le toca ser realista, a esa izquierda que debe saber administrar el pan en la idea y en la práctica. El ELAP encuentra a esa izquierda que debe sortear obstáculos para los que no hay manual y que nos enfrentan a la disyuntiva de Simón Rodríguez: “O inventamos o erramos”. Y, talvez, en esa novedad histórica e inédita de poder encontrarnos como izquierda siendo gobierno es que debemos ser también audaces para estar a la altura de lo que esto implica: gobernar con los pies en la tierra, pero sin olvidar que es al cielo al que queremos dar asalto.

Ha sido la marca de esta década ganada lograr interpelar al destino manifiesto; y poner en duda el inexorable y fatal destino de las Américas, para atrevernos a pensar que nuestro socialismo, por largo que aún parezca, no será calco ni copia. Y por esas razones, completando la frase del gran Mariátegui, a quien la corresponde la creación heroica es a nuestros pueblos.

Así las cosas, la necesidad del ELAP radique en comprender que un buen gobierno es condición necesaria; pero que la condición suficiente y garante de nuestros procesos es tener buen pueblo, pueblo organizado, pueblo defensor y pueblo mandante; pueblo que haga de sus gobiernos instrumentos para llevar a cabo el ideal bolivariano de la Segunda y definitiva independencia.

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