Peleando a la contra: Idealismo y pragmatismo en tiempos del Socialismo del Siglo XXI

Este artículo será presentado en dos entregas. La siguiente será publicada el día 25 de marzo.


 

Por Jorge Forero

Si en algo se parecen la izquierda y la derecha en nuestros días es que para ambos extremos del espectro político, el único revolucionario bueno es el revolucionario muerto. Para los últimos, dicha convicción resulta de la clara conciencia de un antagonismo irresoluble; para los primeros es en cambio fruto de un idealismo largamente cultivado. En efecto, con la caída de los ‘socialismos reales’, la utopía partió al lugar que le corresponde por etimología, al Topos Uranos de los ‘socialismos irreales’, felizmente alejada de la sucia experiencia cotidiana que implica la lucha por el poder, y más aún, la gestión del mismo. Desde entonces, todo proyecto político de izquierda que accede al gobierno sigue el mismo recorrido en la experiencia subjetiva de la izquierda bienpensante: asciende primero al reino celestial de las ‘verdaderas revoluciones’, solo para poco a poco caer en la superficie terrenal, cuando sus observadores constatan que no, que no era la revolución que todos esperábamos, que era nuevamente ‘la derecha disfrazada de izquierda’, o la ‘socialdemocracia’ incapaz de asumir el reto que plantea el momento histórico, en cualquier caso una manifestación más de la ‘astucia del poder’[1]. Así, en este trascendental momento de la historia política y global, la izquierda se escinde en nuestra región, en una izquierda bienpensante, que en muchos sentidos repite la experiencia de resistencia de las últimas décadas, y una izquierda en el poder, que cotidianamente camina sobre la delgada línea divisoria entre el pragmatismo cotidiano y la crítica práctica del modelo neoliberal global, más vigente aún de lo que solemos reconocer.

En el fácil mundo de la doxa, la confrontación entre las dos izquierdas puede resolverse fácilmente, apelando a las intuiciones políticas de Manu Chau y Calle 13. En el de la lucha política contra el capital, que debería competer a ambos sectores de la izquierda, la crítica rigurosa debe reemplazar a las respuestas fáciles si no queremos, para retomar la vieja expresión de Kundera, convertirnos en “aliados de nuestros propios sepultureros”. La izquierda bienpensante debe siempre tener en cuenta que, como lo demuestra la experiencia reciente de América Latina, aún nuestras más tibias experiencias de reformismo pueden resultar insoportables para el capital trasnacional, para los EE.UU. y para nuestras propias oligarquías, como se evidencia en los golpes de Estado contra el gobierno de Zelaya en Honduras y contra Lugo en Paraguay; qué no puede esperarse en contra procesos políticos tan relevantes y radicales como los de Ecuador, Venezuela y Bolivia.

Desarrollado desde inicios de los setenta, el proyecto neoliberal se fue configurando como un conjunto de procesos destinados directamente a potenciar la acumulación de capital: desregulación de la economía y desmantelamiento de las barreras al comercio internacional, predominio del capital financiero y del sector servicios en detrimento de los sectores productivos, expansión del sector privado en áreas hasta entonces monopolizadas por los Estados de Bienestar, incremento del poderío de las grandes multinacionales, empleo de la deuda estatal como mecanismo de saqueo y coacción, y predominio de la obsolescencia programada. Este último punto, al producir un incremento exponencial del “metabolismo social”, desencadenó dos de los grandes signos de los años posteriores: en primer lugar, procesos de “acumulación por desposesión”[2], mediante los cuales el capital trasnacionalizado se expande hacia sectores y territorios hasta entonces externos a las dinámicas de acumulación capitalista –frecuentemente con fines extractivos-, y una crisis ecológica global de proporciones catastróficas. Todo este proceso ha sido posible mediante un conjunto de mecanismos de “regulación” política y social, entre los cuales podemos señalar por ahora, una decidida represión a toda organización política, social y comunitaria opuesta a este proyecto -en especial contra el trabajo organizado-, predominio de los organismos multilaterales en la orientación de las políticas públicas, y desarrollo de un heterogéneo tercer sector, destinado a generar influencia o a suplir el papel del Estado en diversas áreas[3].

Una consecuencia determinante de esta dinámica, pero cuyas repercusiones han sido insuficientemente señaladas, ha sido el debilitamiento del trabajo organizado, fruto tanto de la represión política como de las transformaciones en el sector productivo. Este factor, acompañado de las merecidas críticas a los “socialismos reales” del siglo XX, condujeron a una crisis de la llamada “conciencia de clase” del campo popular, entendida de manera amplia como aquella representación del mundo social, compartida por amplios sectores, en la que se evidencia la contradicción histórica entre su propia realización vital y las dinámicas de acumulación de capital. Paralelo a este proceso, en el que los sindicatos y los partidos comunistas y socialistas perdieron su centralidad política y discursiva, emergió el amplio espectro de fenómenos políticos englobados en la ya clásica expresión de “nuevos movimientos sociales”. Más allá del carácter “post-material” que Touraine identificó en ellos durante su etapa temprana, aquí nos interesa su acción de resistencia contra el neoliberalismo, dimensión señalada por autores como Wallerstein y Harvey[4], entre otros.

Si durante el predominio del trabajo organizado en las luchas contra el capital el foco de lo político se ubicó, por razones lógicas, en los países industrializados –y por lo tanto, en el centro de la economía mundo-, en la etapa neoliberal se desplazará hacia los países en los que se desarrolla la acumulación por desposesión –para la década del 90, la periferia-. En efecto, la genealogía del movimiento altermundialista –acaso la más articulada manifestación de la lucha antineoliberal- conduce cuando menos hacia la insurrección del EZLN en México[5], e incluso a los levantamientos indígenas en el Ecuador[6]. Paralelamente, estas condiciones históricas fueron generando un nuevo proceso de lucha social, del cual queremos señalar dos características, expuestas por distintos autores: en primer lugar, su carácter autónomo, esto es, su alteridad frente al Estado, y de manera más amplia, frente a la política institucional. Desde sus tempranas caracterizaciones, Touraine les atribuía como tarea primordial la transformación de los marcos culturales, en lugar de la “toma del poder”. Es lo que se manifiesta, por ejemplo, en la experiencia práctica del zapatismo chiapaneca[7], pero también en la conceptualización desarrollada por el amplio espectro de autores reivindicados como autonomistas. Un segundo elemento es lo que Cohen y Arato[8] han denominado como su carácter autolimitado: se trata del predominio en ellos de reivindicaciones particulares que no cuestionan la validez, ni del orden político ni del económico existentes. Si bien esta afirmación resulta chocante, es la que se evidencia en aquellas descripciones según las cuales el descentramiento del sujeto revolucionario clásico implica una multiplicidad de sujetos y reivindicaciones. Como afirma Laclau, la “imposible sutura de lo social”, establece un límite al proyecto revolucionario, entendido como una radical transformación sistémica. El momento histórico conduce a una transformación del escenario político, fruto de la proliferación de sujetos, luchas y reivindicaciones. En palabras de Zizek:

“[…] mientras, por una parte, esta narrativa izquierdista posmoderna convencional del pasaje histórico del marxismo “esencialista” –con el proletariado como único sujeto histórico, el privilegio de la lucha económica de clase, etc.- hasta la irreductible pluralidad de luchas posmodernas describe un proceso histórico real, sus partidarios –por regla general- omiten la resignación que conlleva: la aceptación del capitalismo como única alternativa posible, la renuncia de todo intento real de superar el régimen capitalista liberal existente”.[9]

Basta revisar la historia de dichas luchas para ver cómo durante este proceso se genera un desplazamiento mediante el cual, el título de antagonista privilegiado pasa del capital al neoliberalismo; mientras que, paralelamente y de modo más sutil el Estado (“neoliberal” por supuesto) se convierte en su más evidente encarnación.

Este último punto implica un límite al carácter “anticapitalista” de los movimientos sociales: la definición negativa implica una postergación indefinida del momento positivo (instituyente), esto es, de la enunciación del proyecto político. El carácter autonómico y autolimitado de los movimientos sociales parece condenarlos a su función “resistente”, favoreciendo de modo simultaneo la mimetización del capitalismo, que se convierte así en “un enemigo más”, en medio de las manifestaciones omnímodas y multiformes de El poder, una suerte de nueva versión del Lado Oscuro de la Fuerza.

Lo anterior no impide el reconocimiento de la heroica lucha por parte del amplio espectro de movimientos antineoliberales, en circunstancias tan particularmente adversas, así como sus aportes a la construcción de nuevos gérmenes de utopía. Las críticas a las experiencias autoritarias del socialismo del siglo XX y a las evidentes limitaciones de la democracia representativa, propiciaron la formulación de distintos proyectos de “democracia radical” -directa, participativa, deliberativa-, todas impugnaciones a la concepción tecnocrática y elitista de la gestión del Estado. En segundo lugar, permitieron la visibilización de un amplio espectro de formas de dominación y prácticas de poder, hasta entonces naturalizadas. Pero además, en aquellos países en donde el neoliberalismo desencadenó crisis políticas y económicas de amplio calado, la impugnación de los movimientos sociales en la esfera pública-casi siempre en contra del neoliberalismo más que del capitalismo y de los partidos políticos más que de la democracia representativa- permitieron la creación de un amplio “sentido común” crítico y de izquierda, que sin lugar a dudas operó como fermento para el auge de los gobiernos de izquierda en América Latina durante la primera década del siglo XXI.

Fue en este contexto en el que, en muchos de los países en donde la arremetida feroz del neoliberalismo se combinó con crisis económicas y pérdida de legitimidad del sistema político, emergieron en la lucha electoral proyectos políticos de izquierda, con mayores o menores vínculos con las organizaciones sociales. Aparece así un fenómeno interesante: despojados de los mecanismos de lucha que propiciaron, a lo largo del siglo XX las distintas formas de organización sindical, y en momentos en donde la movilización popular era insuficiente para la etapa instituyente, la participación electoral saltó al primer plano como herramienta de lucha para sectores populares harto heterogéneos (clases medias empobrecidas, sectores marginales rurales y urbanos, organizaciones indígenas, estudiantes, intelectuales, etc.).


[1] Un ejemplo paradigmático de este tipo de relato, en el que el descenso a los infiernos de Alianza País es relatado mediante argumentaciones que se pretenden autoprobatorias, es el de Pablo Dávalos “Alianza País: Requiem por un sueño”. Publicado el 11-05-2012. Disponible en: http://alainet.org/active/54769&lang=es.

[2] Grosso modo, podemos definir a la ‘acumulación por desposesión’, siguiendo a Harvey, como dinámicas mediante las cuales el capital privado se apropia de bienes públicos o comunitarios, buscando así desplazar espaciotemporalmente excedentes de capital que no encuentran opciones de inversión rentable en el centro de la economía mundo. Ver al respecto Harvey, David, (2006). El Nuevo imperialismo. Madrid: Ed. Akal.

[3] Para una descripción del modo de desarrollo neoliberal, y del régimen de acumulación flexible ver Harvey, David, 2008, La condición de la posmodernidad: Investigación sobre los orígenes del cambio cultural. Buenos Aires, Amorrutrú, pp.: 164-222. Hemos desarrollado una extensa caracterización de su configuración periférica para el caso colombiano en Forero, Jorge, 2012, Economía Política del Paramilitarismo Colombiano. Quito, Flacso.

[4] Inmanuel Wallerstein, 2004, “Nuevas revueltas contra el sistema”, en Capitalismo Histórico y Movimientos antisistémicos, Madrid: Akal,  pp.464-475; David Harvey, 2006, El Nuevo imperialismo: Acumulación por desposesión. Disponible en: http://biblioteca.clacso.edu.ar/ar/libros/social/harvey.pdf

[5] Iglesias, Pablo: “Un nuevo poder en las calles” en Nueva Sociedad, Vol. 42, n. 5, 2005, pp. 63-69.

[6] Para 1994 el movimiento indígena ecuatoriano denunciaba el neoliberalismo y su impacto en el sector agrícola. Ver Carlos Espinoza, Historia del Ecuador en contexto regional y global, Barcelona, Nexus, 2009, p. 727.

[7] Puede encontrarse una caracterización del autonomismo zapatista en MARTÍNEZ, Ignacio 2007, “Democracia en Rebeldía: Las Juntas de Buen Gobierno del Movimiento Zapatista”, Ponencia presentada en V CONGRESO EUROPEO CEISAL DE LATINOAMERICANISTAS (Simposio: ET/DH-2), Bruselas.

[8]  ARATO, Andrew y Jean Cohen: Sociedad civil y teoría política. México: FCE, 2000.

[9] Zizek, Slavoj, ¿Lucha de clases o posmodernismo? ¡Si por favor¡”en Butler, Laclau, Zizek: Contingencia, hegemonía universalidad, 20011, FCE, Buenos Aires, p. 101.

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