Peleando a la contra: Idealismo y pragmatismo en tiempos del Socialismo del Siglo XXI (Segunda Parte)

Aquí la primera parte del artículo.


 

Por Jorge Forero

En contravía con la doxa liberal que pulula en la prensa, la academia y de la opinión pública de nuestros países, y recuperando las elementales pero imprescindibles premisas expuestas tempranamente por Marx en su 18 Brumario, estos proyectos no deben caracterizarse a partir de un conjunto de cualidades personales de los mandatarios en cabeza del ejecutivo, sino en términos de correlaciones de fuerza entre clases y fracciones, coaliciones políticas y constreñimientos globales. Lo imprescindible acá es comprender entonces el proceso histórico que enmarca y constituye el fenómeno político en cuestión, del cual se derivan sus características, limitaciones y potencialidades. Por el contrario, contagiada por el liberalismo avanzado[1], al fin y al cabo hegemónico desde fines del 70, la izquierda bienpensante retrocede escandalizada ante la constatación de que el mandatario de turno no es un nuevo avatar del Che –suponiendo además que si él estuviese vivo no podría ser visto, bajo sus mismos parámetros, como una figura autoritaria o carismática- , o de que el proyecto no es un verdadero socialismo[2], como si la correlación de fuerzas del momento histórico permitiese su natural emergencia, ignorando entre otras cosas la actual debilidad ideológica y política de la clase trabajadora, debilidad de la cual ella también es hija y síntoma.

Lo cierto es que los más sólidos proyectos de izquierda en América Latina, que han logrado mantenerse en el poder pese a la brutal arremetida nacional e internacional, surgen del proceso histórico arriba descrito. Todos retoman, a su manera, las más importantes banderas de lucha de las organizaciones sociales en sus países, dentro de las que, sin ser exclusivas, la batalla contra el neoliberalismo y el desafío al régimen político tradicional son protagonistas.

A partir de su primera llegada al poder, todos estos gobiernos, que nosotros llamaremos postneoliberales[3], han desarrollado un proceso de transformación del Estado, estudiado hasta ahora con insuficiente rigor. Se trata, desde nuestra perspectiva, de una experiencia de “crítica práctica”, que asume este carácter ante la ausencia de un proyecto político positivo previo a la llegada del poder, y que se caracteriza por un amplio nivel de transformación en la estructura institucional y en la forma de gestión del Estado: lo que Therborn denomina “el carácter de clase del poder del Estado”[4]. Esta “crítica práctica” implica así, la construcción de un proyecto político consciente, gracias a la práctica cotidiana, de los constreñimientos nacionales y globales –la tan mentada correlación de fuerzas- en los cuales se desenvuelve.

Paralelamente, los sectores de izquierda que se han mantenido al margen de la gestión estatal, o que han venido deslindándose del proyecto político -esa izquierda bienpensante-, han tenido la invaluable tarea de señalar sus fallas, limitaciones y contradicciones –¿es posible un proceso histórico o una entidad social no contradictoria?-; pero víctima del idealismo, facilitado por la distancia respecto a la gestión cotidiana del aparato estatal, agravado en algunos casos por las necesidades electorales en un momento de debilitamiento de la movilización popular, han caído en el olvido de estos constreñimientos, como suponiendo que los mismos no estarían presentes en caso de su eventual llegada al poder, lo que les libraría de tener que tomar un conjunto de decisiones cuya lógica no comprenden, y que juzgan en la actualidad como resultado de un sucio pragmatismo.

 

Es claro que las ciencias sociales y las discusiones políticas se desarrollan en el marco de conflictos, y que quienes participamos en ellas ocupamos posiciones distintas desde las cuales elaboramos nuestros argumentos. Sin embargo, si a pesar de nuestras diferencias nos anima la lucha por la emancipación humana y la erradicación de la miseria y la pobreza para las generaciones presentes y futuras, la caracterización rigurosa del momento político debería ser un imperativo ético en nuestro trabajo intelectual. En aras de esta finalidad y dejando al margen la mala fe que infortunadamente pulula incluso al interior de la izquierda, permítasenos señalar cuatro limitaciones metodológicas que afectan los análisis políticos al interior de lo que en el presente artículo hemos caracterizado como la izquierda bienpensante:

El primero consiste en la eliminación de la particularidad en la caracterización de las coyunturas políticas concretas: la noche en la que todos los gatos son pardos: si el Ecuador, Venezuela o Bolivia siguen siendo sociedades capitalistas, sus actuales procesos políticos no pueden ser considerados entonces como de izquierda. Esta perspectiva olvida que no existe capitalismo sino capitalismos, y que cada uno implica momentos muy distintos en términos de formas de explotación de la fuerza de trabajo, distribución del excedente y dinámicas de producción, distribución y consumo, que se traducen en términos concretos en experiencias vitales distintas, que deben ser adecuadamente valoradas. No es lo mismo el fordismo que el posfordismo, y no es lo mismo un proceso neoliberal que uno posneoliberal. Aunque en todos subsisten la enajenación del trabajo, la propiedad privada sobre los medios de producción y las lógicas de acumulación de capital, lo hacen en niveles distintos y con consecuencias diversas. El análisis político debe siempre basarse en el reconocimiento y en la valoración de estas particularidades. Parafraseando a Marx, el capitalismo puede ayudarnos a entender el posneoliberalismo, pero no hay porque identificarlos, y como él mismo afirma a propósito de su método, “la diferencia siempre será esencial”[5].

Segundo, la valoración del momento y el proceso político debe estar asociada al cálculo político, más exactamente, al análisis de la correlación de fuerzas entre clases y fracciones. Los procesos de revolución y reforma dependen directamente de esta dimensión, y constituye un anacronismo esperar procesos revolucionarios en momentos en donde la conciencia de clase de los proletarios y cuasiproletarios está pasando por una de sus crisis más notables y en donde a nivel global predomina, fuerte y rozagante, el proyecto neoliberal de dominación burguesa. Ya Gramsci nos advertía de la tragedia a la que puede arrastrarnos el remplazar el “análisis objetivo e imparcial” por nuestros propios deseos y pasiones[6]. Por imperiosa y necesaria que sea la superación del capitalismo, por apocalípticas que resulten las condiciones actuales y el futuro cercano, nuestra valoración del momento y de los procesos políticos, así como el diseño de nuestros planes tácticos y estratégicos, deben partir de la consideración de la actual correlación de fuerzas entre clases y fracciones a nivel global y nacional, que constituye “una realidad rebelde”[7], y que no puede ser reemplazada por nuestras aspiraciones e idealizaciones.

En tercer lugar, la izquierda bienpensante olvida que el acceso al poder no significa el control del Estado, y ni siquiera sus instituciones más importantes. Es por esto que la política estatal no debe leerse -y mucho menos políticas particulares y aisladas- como una manifestación de la esencia política del proceso, sino como “el resultado de las contradicciones de clase en el mismo Estado”[8]. En cada uno de los procesos del llamado Socialismo del Siglo XXI convergen y se enfrentan trabajo y capital, y la lucha entre ambos dista de estar resuelta. A propósito de estos procesos políticos, debemos tener claro que nada esta ganado, que todo está en disputa.

La cuarta y última consiste en la nula aplicación del principio de contradicción, contenido en la lógica dialéctica hegeliana y consustancial al análisis marxiano: los sujetos y los procesos políticos son contradictorios, y este carácter se desprende del desenvolvimiento histórico que representan. Así, el capitalismo es una vía de construcción del socialismo. Esto es claro para Marx no sólo cuando reconoce, en el Manifiesto, el carácter revolucionario de la burguesía, sino cuando afirma que el desarrollo económico capitalista permitirá a su vez el de las fuerzas productivas, base material del socialismo. El mantenimiento del modo de producción capitalista en un proceso de transformación social no anula su carácter revolucionario, pues como afirma Therborn, a propósito de las experiencias socialistas “[…] inicialmente, todas estas revoluciones fomentaron la producción mercantil simple campesina y hasta las empresas capitalistas, […]. Surgió así en ellas una alianza de clases, compuesta por el proletariado, la pequeña burguesía y la ‘burguesía nacional’”[9].

La presente coyuntura política latinoamericana refleja un debilitamiento de la articulación política que hizo posible aquellos procesos políticos que aquí hemos caracterizados como postneoliberales. Fruto de factores internacionales, ligados a la reducción del precio del crudo y a reacomodamientos geopolíticos globales, un nuevo contexto parece favorecer amenazas internas ligadas a proyectos de restauración del proyecto neoliberal, que finalmente parece recuperarse de la sacudida generada por la crisis de 2008.

La izquierda en el poder debe pasar del reconocimiento de las limitaciones generadas por la propia correlación de fuerzas, a un contraataque estratégico, aupado por las posibilidades que su posición actual le permite, buscando recomponer una articulación hegemónica progresista cuya fuerza le permita radicalizar los logros alcanzados durante la primera década. Las entidades políticas son históricas, y por muy progresista que haya sido en sus orígenes, todo proceso político corre el riesgo de volverse reaccionario cuando el mantenimiento de las relaciones de poder dadas se convierten en su tarea primordial. A su vez, la izquierda bienpensante debería eludir la fácil tentación de contemplar el desmoronamiento de estos procesos políticos progresistas como una confirmación de dones proféticos otorgados por su propio carácter impoluto. Como señalaba Gramsci, la acción política requiere el paso del fatalismo idealista a la crìtica estratégica que favorezca la acción, “[…] de cosa a protagonista, de resistente a agente, función y límite del mecanicismo[10]”.

La presente coyuntura latinoamericana, sigue siendo inmensamente favorable para la construcción de un proyecto en el que converjan simultáneamente, las reivindicaciones de los sectores populares en contra del capital, la superación de la gestión tecnocrática y elitista del Estado, y la lucha contra la depredación ambiental producto de un errático modelo de producción, distribución y consumo. Una suerte de eco-socialismo, o si se quiere, un bio-socialismo republicano. Esto, empleando la metáfora de la guerra de posiciones, presupone la consolidación hegemónica, a nivel nacional y regional, del proyecto post-neoliberal, en torno a lo cual debe converger todo sector de izquierda que se precie de tal. Retomando las clásicas palabras del viejo Martí:

Los que se enseñan los puños, como hermanos celosos, que quieren los dos la misma tierra, o el de casa chica, que le tiene envidia al de casa mejor, han de encajar, de modo que sean una, las dos manos. […] Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes[11].

 


[1] La contradicción “liberalismo avanzado” alude a la matriz de problematización –en el sentido foucaultiano de la expresión- predominante en las democracias liberales avanzadas. Ver Gil, Sandra (2010) “Las argucias de la integración: Políticas migratorias, construcción nacional y cuestión social” Lepala eds., Madrid.

[2] Así, por ejemplo, Alberto Acosta (p.: 1) aclara en que el retorno del Estado bajo la revolución ciudadana “no debe confundirse con un tránsito postcapitalista”, como si el fin del capitalismo pudiese pasar desapercibido. En Acosta, Alberto: “El retorno del Estado: primeros pasos postneoliberales, mas no postcapitalistas”. Disponible en: http://ica2012.univie.ac.at/fileadmin/user_upload/DOEVL_events/ICA/media/Acosta_El_retorno_del_estado.pdf. En la misma línea argumentativa, Dávalos afirma al inicio de su artículo que “[…] puede decirse todo lo que se quiera sobre las formas políticas de Alianza País y del sistema político, pero la acumulación capitalista y sus imposiciones son ineludibles” (Op. Cit. p.: 11), En su caracterización de la Revolución Ciudadana, también Gudynas afirma que “No es neoliberal, pero hace mezclas de gestión sorprendente, cayendo repetidamente en el mercado”. En “Alternativas al desarrollo después de las elecciones en el Ecuador: Efectos, lecciones y tareas futuras”. Documentos de Trabajo CLAES, N. 3, Marzo de 2013. P. 2

 

[3] Para una caracterización de este tipo de procesos ver Ramírez, Franklin: “Crisis neoliberal y reconfiguraciones estatales: la heterodoxia sudamericana”. En Línea Sur, Revista de Política Exterior, N. 2. Mayo/Agosto de 2012, pp.: 84-103.

[4] En Therbon, Göran, ¿Cómo domina la clase dominante?. Aparatos del estado y poder estatal en el feudalismo, el capitalismo y el socialismo, Siglo XXI, Mexico, 1982.

[5] Kalr Marx, “El método de la economía política”. En Elementos fundamentales para la crítica de le economía política. Siglo XXI, Buenos Aires, 1971. P. 27

[6] Gramsci, Antonio, “Análisis de situaciones, correlaciones de fuerzas” en Antología. Siglo XXI, Mexico, 2007, p.: 412

[7] Ibíd.: 414

[8] Poulantzas, Op. Cit. p. 159

[9] Op. Cit. 172

[10] Gramsci, Antonio: “La revolución contra ‘el capital’” en Antología. Siglo XXI, Mexico, 2007, p. 35.

[11] Martí, José: “Nuestra América”. Biblioteca Ayacucho, Caracas, 2005, pp. 32.

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