Otro derecho al delirio

Por David Añazco

Me puse a reprocharle al tiempo. Habíamos tenido, en pleno despertar, que soportar la muerte de Gelman, de la negra Sosa, de Chávez, de Feliú, del Gabo… y no por metafórica, menos dolorosa la muerte del “Sup” Marcos. Pero como si fuera poco hoy acudíamos ante la realidad volteada para enterarnos de la muerte de Eduardo Galeano. Quise buscar en el libro de los abrazos una resurrección, y el libro en una suerte mágica pero no absurda, hacia la metamorfosis de latir como un corazón, era un corazón compañero. Y Galeano y yo emprendíamos en la travesura psicótica de abrazarnos, pero mientras yo era del tamaño de una vocal, él era del tamaño de una hoja. Me quedé en el por un instante. Él era gigante como nuestros pueblos…

Mientras yo me moría de pena, ahí estaba él riéndose sinceramente. Yo sabía que sonreía para menguar la pena de quien se asomara a cualquiera de sus libros – que son ventanas -, pero pese a su sonrisa y a sus esfuerzos, es un golpe fuerte tenerlo materialmente lejos, le dije. Yo se que él se ríe para hacernos cosquillas… entre cosquilla y cosquilla el comenzó a contar que el purgatorio existía y que ahí estaban todos los dictadores, y que allí se iban a quedar siempre por que las indulgencias habían sido falsificadas.

Era chistoso porque él decía que las indulgencias por ejemplo de Pinochet, tenía un sello de la casa blanca y no de la iglesia católica. Y que para peor, en la tierra casi no rezaban por ellos, “porque como ustedes saben” dijo, los de la burguesía son poquitos. Además él contó que el infierno existía y que era el olvido. Que el cielo existía y que había estrellas insurgentes. Cuando había pasado a su habitación, allá en el cielo, él encendió la bombilla y se prendió el sol, y que la luna era un pastel que Cuauhtémoc le compartió al desayuno. Dijo que aún tenía miedo de salir porque había escuchado que por un error de comunicación, allá arriba no se habían enterado que venía Galeano, y que recién estaban organizando la bienvenida, ¡fíjense ustedes!

Antes de despedirse dijo que se había hecho presente una pulga celestial y que le había agradecido por la fabulosa idea de comprarse un perro, pero que los perros eran buenos y que ahora eran tan amigos de la mujer como del hombre y que por esa razón había preferido adquirir un gato egipcio. Levantándose, “perdón, tengo que retirarme, hace tiempo que no veo a unos amigos” dijo… nos dio el eterno penúltimo abrazo y se fue corriendo entre las palabras. Por mi parte debo confesar que el libro sigue latiendo entre mis manos, y se escuchan fiestas y comparsas.

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