La violencia que cargamos bajo la piel

Por Glauber Piva

América Latina no es sólo la suma de nuestros países. La región constituye un caleidoscopio gigantesco que cambia conforme giramos en conjunto. Cuando elegimos la identidad latinoamericana como el gran hilo que nos caracteriza como un único pueblo, tomamos una decisión política importante, muchas veces más legítima que la fragmentación impuesta por los intereses internacionales. Al decir “América Latina”, nos referimos a la fuerza de los históricamente oprimidos y explotados; hablamos de la gente de piel de muchos colores; pero también, de gente que no se conoce y que no se reconoce; y, de gente que produce narrativas y prácticas propias de explotación, desigualdad y violencia.

Somos violentos. En países como Brasil la historia está marcada por la suma de violencias contra los niños, las mujeres, los indígenas, los pobres y los negros.

En Brasil, dónde los asesinatos están de moda, los jóvenes negros y pobres viven en permanente riesgo. No es coincidencia que Brasil sea el país en donde más se mata en el mundo, incluso más que otros países que viven una situación de guerra. Según datos oficiales, en el año 2012, más de 56 mil personas fueron asesinadas. De estas, 30 mil son jóvenes entre 15 y 29 años y, de esos, 77% son negros. La mayoría de los homicidios son cometidos con armas de fuego; menos del 8% de los casos son juzgados en el poder judicial.

Tal absurdo es consecuencia del racismo, al mismo tiempo explícito y subcutáneo que se vive en Brasil. Resultado también de la pobreza económica e institucional, de la que es cómplice el Estado.

Esta realidad de violencia no es exclusiva del Brasil. Hace cinco años Haití sufrió un terremoto que diezmó su población, más de 250 mil personas murieron. Desde entonces, el país vive un lento proceso de reconstrucción. Muchos ya denunciaron que buena parte de los recursos de la cooperación internacional se han gastado en empresas y organizaciones de los propios países donantes. La presencia de la MINUSTAH, en Haití, con 70% de sus efectivos venidos de países latinoamericanos, genera más dudas y críticas que soluciones. Haití necesita apoyo en obras de infraestructura, políticas públicas de salud, educación y vivienda, empleos estables, así como la reducción inmediata de los endémicos niveles de injusticia social y desigualdad. Lo mismo sucede en muchos otros países latinoamericanos.

Un boletín de CLACSO explica, “es penoso que nuestra región, que podría brindar una solidaridad activa en la estabilización democrática y en la promoción de los derechos humanos en Haití, gaste millones de dólares para mantener efectivos militares y policiales que poco contribuyeron con el desarrollo del país antes y menos aún después del terremoto”.

El caso de Haití debe ser comprendido desde una visión de políticas públicas y de reformas estructurales, y no como un caso de seguridad atendido por la policía, lo que reafirma que las periferias son un peligro para el centro, y que los pobres son un riesgo para las elites; que los afro descendientes son una mancha en un territorio destinado a los euro descendientes.

¿Qué decir de la aberrante Sentencia 168/2013 del Tribunal Constitucional de República Dominicana, que quita la ciudadanía a dominicanos y dominicanas de padres haitianos? La sentencia constituye un brutal ataque al derecho a la nacionalidad y pone a la República Dominicana en contradicción con el sistema internacional de derechos humanos. Sin embargo, la decisión fue rechazada por decenas de organizaciones, movimientos y entidades de todo el mundo, además de haber sido condenada por la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

Todos sabemos que los desencuentros entre Haití y República Dominicana siempre han sido un buen negocio económico y político para las élites de ambos países. ¿No es también una enemistad alimentada por intereses de los Estados Unidos, que ocupó ocasionalmente las dos naciones? ¿A quiénes interesa la desestabilización del orden democrático y la expansión de la miseria a ambos lados de la frontera? ¿Cuántos de nosotros conocimos y rechazamos el proyecto de construcción de un muro en la frontera que los separa? Iniciativa actualmente en discusión en la Comisión de Fronteras de la Cámara de Diputados dominicana.

Podemos hablar también de otros países de la región con casos de violencia institucionalizada, como es el caso mexicano, dónde muchos jóvenes son asesinados -como en Brasil-, por los intereses del narcotráfico y de las elites locales e internacionales. ¿Qué decir del silencio latinoamericano sobre la profunda violencia en la frontera México/Estados Unidos? ¿Qué decir de la situación de naciones indígenas al sur de México u otros países centroamericanos?

¿Por qué vivimos décadas callados frente a la sentencia de muerte impuesta a Cuba? ¿Por qué aceptamos la permanente historia de exclusión y explotación en Paraguay? ¿Por qué la media mundial, incluso la blogosfera de izquierdas, casi no se pronuncia sobre los intentos seculares de diezmar a los indígenas de nuestros países? ¿Por qué no gritamos y actuamos en contra de la destrucción de nuestros principales biomas, que atenta no sólo la fauna y flora, sino también a culturas y comunidades locales?

En Brasil, poco o nada se sabe de los centroamericanos y caribeños. Pero también poco o nada se sabe de nuestros vecinos de América del Sur. Lo que sabemos, a lo mejor, son los nombres de las capitales y de los más importantes jugadores de fútbol. Podemos saber que Ecuador y Chile no tienen frontera con Brasil. Así es por una especie de envidia de los del norte: nos gustaría ser como los de EEUU y Europa. Pero también es resultado de la violencia de las elites brasileñas contra nuestros vecinos y nuestro pueblo. Siempre les pareció mejor no hacer inversiones públicas en educación de calidad y permitir visibilidad a la diversidad de nuestras culturas.

Institucionalizamos la violencia por todas partes. El desafío es comprender quiénes somos como latinoamericanos y elegir caminos de superación de la violencia que nos domina. Tarea que no será cumplida por esfuerzos aislados, sino por lo mejor que tenemos: la fuerza de nuestra gente.

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