La era de la pos-información

Por Gustavo Fuchs

Asistimos hoy en día a una transformación en la forma en que se presenta y consume la información. Si bien en el siglo XX y los inicios del XXI el acceso a la información fue clave, hoy Internet parece modificar radicalmente esta lógica.

Como explica el periodista y escritor estadounidense Bob Garfield, hoy parece mucho más importante lo que sentimos que la realidad misma. Este argumento podría explicar, hasta cierto punto, el éxito de las nuevas plataformas que dominan la web.

Un estudio reciente de Pew Research Center descubrió que un 63% de las audiencias estadounidenses miran videos por Internet, y casi la mitad de dicha cifra ven videos de noticias. Esto significa que los formatos utilizados hasta ahora están siendo desplazados, dando paso al atractivo de nuevas formas de interacción donde el movimiento y la complementariedad priman sobre lo estático.

Se podría interpretar que el formato de la televisión, radio e Internet se están solapando para crear una nueva experiencia para el usuario. Una dirigida a sus sentidos, siguiendo a Garfield.

Ello permite entender en gran medida el éxito de VICE News, un sitio de noticias internacional que se centra en documentales, clips y otros recursos como soporte al texto.

Originalmente una revista impresa especializada en cultura, fundada en 1994, VICE News surgió en el 2013 como un sitio de noticias y política. Ya cuenta con más de un millón de seguidores y con su propio programa en la cadena internacional HBO, y se perfila como una fuente seria de información.

Pero más allá de la forma, VICE ha centrado sus esfuerzos en crear un nuevo género, el periodismo de inmersión. Dicho género indaga en las curiosidades de la audiencia y busca acercarla de la forma más cercana posible al objeto de su interés.

Así por ejemplo, VICE ha producido documentales desde territorio controlado por el Estado Islámico en Siria, en la conflictiva frontera ruso-ucraniana y se ha adentrado como ningún otro medio occidental en Corea del Norte.

Pero también plataformas como Sound Cloud, Snapchat o Vine demuestran la importancia que ha adquirido hoy el movimiento, el video y el sonido por sobre la información como tal.

El paso hacia una transmisión dinámica e interactiva de la información también se puede apreciar en el uso de nuevos programas y tendencias en la juventud.

Una notoria muestra de ello ha sido el auge de los gamers que crean sus propios videos para ayudar a otros jugadores, hoy muchos de ellos convertidos en verdaderas celebridades. La plataforma Twitch es demuestra el impacto que han tenido este tipo de videos que han dado paso a canales de televisión continuos en línea.

Estos y otros ejemplos permiten ver los síntomas de la nueva experiencia que buscan las audiencias. Ya no empeñadas en informarse sobre el acontecer, sino en ser parte del acontecer de manera remota.

En el centro de este nuevo paradigma parece estar el escepticismo creciente de las audiencias. El acceso a Internet a una escala cada vez mayor ha permitido a los usuarios cuestionar mucho más la supuesta objetividad y el balance del periodismo.

Internet ha dado un importante impulso al movimiento anti-vacunas en Estados Unidos, poniendo en tela de duda a la medicina tradicional. De igual forma, las protestas en Ferguson, Missouri, demostraron el potencial que adquieren progresivamente las redes sociales en desmentir la versión oficial de los hechos.

El poder asistir a un evento en vivo, sin filtros, podría explicar la popularidad de estas nuevas plataformas audiovisuales. Así mismo, en eventos como la Primavera Árabe del 2011, la popularidad de la red social Twitter – especialmente entre periodistas – explicó en gran medida este mismo fenómeno: información sin filtros y sin censuras, desde el lugar de los hechos.

Ello ciertamente no está exento de riesgos. En su afán por encontrar información que contraste con las fuentes tradicionales, algunos usuarios e inclusive medios de comunicación han caído en errores garrafales como la publicación de noticias falsas.

Un estudio del Tow Center for Digital Journalism, de la Universidad de Columbia, demuestra que la mayoría de sitios web no verifican las historias que se publican, y más bien se basan en un sistema de atribución de fuentes para evitar el contrastar y determinar la veracidad de las historias publicadas.

Si bien se podría asumir que dicha práctica es común solamente en sitios web – que proliferan día a día – lo cierto es que el estudio analizó las páginas de medios comerciales establecidos en diferentes ramas (TV, impresos, etc.), tales como The New York Times, USA Today, Fox News, The Washington Times, entre otros.

Este tipo de prácticas se han visto frecuentemente en el actual conflicto ucraniano. La desinformación ha llegado a tales niveles que un sitio web fue creado para desmontar las historias falsas que se emiten en torno a ese conflicto (StopFake), tanto a favor como en contra de ambos bandos.

Por otra parte, la tendencia que introducen estos nuevos formatos – centrados en el movimiento y el sentimiento – pueden explicar el éxito que ha tenido el Estado Islámico en el reclutamiento de jóvenes occidentales.

Las estrategias comunicacionales del grupo se han convertido en foco de estudio del Pentágono. El Estado Islámico concentra sus esfuerzos en la experiencia que brinda su material audiovisual y usa intensamente Twitter, más allá de otros recursos como sitios web o su propia revista impresa.

El periodismo tiene hoy la tarea de acercar a su audiencia a la realidad, y no de interpretarla como lo ha hecho tradicionalmente. El dilema se encuentra en que, al hacer esto, los medios pierden una importante herramienta de poder, dando paso a una función de verificadores – y no relatores o mediadores – de la realidad.

Si antes los hechos trascendían a la opinión pública y formaban parte de la realidad socialmente concebida solo cuando aparecían en los medios, hoy Internet irrumpe en esa dinámica y en algunos casos ha logrado marcar la pauta.

Es por ello que, en la sociedad de la pos-información, la credibilidad cobra un mayor valor agregado. Los grandes nombres de periodistas, con un prestigio creado por años de experiencia, se derrumban frente a los hechos.

Tal ha sido el caso emblemático de Judith Miller, periodista de The New York Times, o más recientemente el veterano Brian Williams de la cadena NBC. Otro particular ejemplo es Bill O’Reilly, periodista estelar en la cadena ultra-conservadora Fox News, que recientemente fue interpelado por mentir sobre un antiguo reportaje.

¿Están los medios tradicionales a la altura de estos nuevos desafíos? Por el momento es muy temprano para responder esta pregunta.

Sin embargo, el verdadero reto de los analistas y estudiosos de la comunicación es seguir el paso a estas nuevas dinámicas y al papel que juegan las audiencias, que se transforman con mucha mayor rapidez de lo normal y cobran cada vez más un papel activo.

Esto no termina de resolver asuntos medulares como la hegemonía cultural, la manipulación mediática o la desigualdad y falta de pluralidad en el acceso a los medios. La democratización comunicacional no vendrá, por arte de magia, mediante este nuevo paradigma comunicacional.

Se debe recordar que los grandes medios son quienes tienen una mayor capacidad de respuesta ante dichos retos, dados los cuantiosos recursos económicos que pueden invertir en investigar y modificar sus plataformas.

Ademas no se puede obviar el papel que juegan los medios tradicionales en la cotidianidad y para las miles de personas que aun no tienen acceso a Internet. Siguen siendo estos medios los que definen la agenda.

No obstante, este nuevo paradigma se presenta como una grieta que puede ser aprovechada por nuevos medios de comunicación independientes para competir en el campo de la confianza de las audiencias, que va cobrando mucha mayor relevancia y promete ser determinante en un futuro cercano.

La sociedad del espectáculo descrita por Guy Debord está hoy más vigente que nunca, y parece evolucionar hacia una audiencia con ansias de estar en el centro de ese espectaculo.

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