Hernández, enemigo del Ecuador

* por Edwin Hidalgo, escritor ecuatoriano

 
En estos momentos en los que mi pequeña patria, Ecuador, vive la secuela de uno de los peores terremotos que ha sufrido el país (16 de abril de 2016), todos nos hemos unido. Mi patria grande, Latinoamérica, ha demostrado que somos una sola familia y ha actuado con solidaridad, entregando ayuda con plata y persona, como decimos acá. La inmensa mayoría de ecuatorianos han puesto a un lado las banderas políticas para reconstruir un país golpeado por las fuerzas naturales. Pero unos pocos han mostrado su odio ciego en las redes sociales. En Facebook gente sin escrúpulos sacó una noticia diciendo que los Topos de México no vendrían por pedido del gobierno ecuatoriano, en los mismos momentos en los cuales los famosos rescatistas mexicanos aterrizaban en Ecuador. Y desde un blog en Quito, un tal José Hernández reclamaba con insolencia a nuestro presidente Rafael Correa, porque supuestamente no habíamos aceptado ayuda estadounidense. Esa muestra de odio y de un afán de figurar aunque sea como vampiro, daba Hernández el momentos en el que nuestro presidente agradecía por teléfono la ayuda estadounidense al presidente Barack Obama. ¿Quién es este José Hernández? Ha llegado la hora de desenmascarar a los enemigos del pueblo latinoamericano.

Hace 20 años, Francia, liderada por el conservador Chirac, detonó su última bomba atómica en el atolón de Muroroa, en la Polinesia. Hasta hoy tropas francesas impiden acercarse al sitio. En 2016, el actual presidente francés Hollande reconoció el daño ambiental y sanitario causado en la Polinesia y el aumento de la incidencia de cáncer. La destrucción ambiental de un territorio que afecta la supervivencia de sus habitantes es un ecocidio. Uno de los periodistas invitados por el gobierno francés para observar este ecocidio era el colombiano José Hernández, entonces gran jefe del diario quiteño El Comercio. Esta invitación fue aceptada por Hernández, a pesar de que poco antes había despedido al periodista César Ricaurte, por aceptar una invitación fuera del país, por “falta de ética”. Hoy el burro habla de orejas y en uno de sus recientes ataques a la Revolución Ciudadana, esta vez contra el catedrático de Economía Ecológica y ex canciller de la República Fander Falconí, el colombiano Hernández se burla de su posición ecologista, especialmente por el caso Yasuní. Quien fue un día invitado a un ecocidio, no ve la viga de su ojo, pero critica la paja en el ojo ajeno.

Llegó del altar del conservadorismo colombiano, del diario El Tiempo, contratado por El Comercio de Quito. Hernández en teoría venía a rediseñar un periódico. En la práctica, su visión era empresarial. Comenzó despidiendo a los periodistas de más edad, que ganaban más (y producían menos, según su lógica mercantilista). Después sembró el terror en la redacción con insultos de carcelero, comía separado del resto en el diario, rodeado de su séquito de aduladores. Ante tanta grosería y abuso, con horarios de 12 horas diarias, en el tradicional Pase del Niño de 1994, los periodistas valientes de El Comercio representaron una comparsa titulada La lista de Hernández, aludiendo a La lista de Schindler. Hernández era allí un guardia SS, aunque más tenía facha de torturador vietnamita, al servicio de Saigón. Tanto poder nubló su juicio y estableció un sistema de multas por sorteo, obligando a los editores a lanzar una perinola en las reuniones editoriales. Hizo amistad con el político ultra derechista Jaime Nebot pues, aunque Hernández proviene de una familia modesta de Facatativá, este “Pasquín King” siempre se ha creído aristócrata.

Tras fungir de sátrapa en El Comercio, vino la dolarización al Ecuador y Hernández no aceptó quedarse con menos sueldo. Su despedida (o despido) lo llevó a Bolivia, al diario La Razón. En ese entonces decíamos que Hernández antes se creía dueño de la razón y ahora ya lo era. Pero La Paz fue su Waterloo, volvió con el rabo entre las piernas y anduvo ejerciendo el periodismo a tropezones. Ya se le pasó el bus al vietnamita del Sur. Pero el colombiano Hernández ha decidido ser político ecuatoriano porque afirma que ya es naturalizado, reconociendo que antes era un desnaturalizado. Un tipo cuestionado por su desprecio a los ecuatorianos, hoy cuestiona la supuesta prepotencia del régimen que ha logrado que su amigo Nebot pague en ocho años 80 veces más en impuestos. ¿No tienes pena, José? En Colombia llaman pena a la vergüenza. Quien no tiene pena es un sinvergüenza o un inverecundo.

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