En Argentina, la izquierda perdió para sí misma

Fotografía: Cuba Debate

El Telégrafo – Artículo sobre los recientes resultados de las elecciones presidenciales en Argentina

Macri se consagra como el nuevo presidente de Argentina. La derecha derrotó más de una década de progresismo y sus inmensos avances sociales. No es el fin del kirchnerismo, pero sí el inicio de una coyuntura negativa para la izquierda latina.

En la izquierda continental, a diferencia de Cuba, nos acostumbramos a justificar las tácticas que usaron para derrotarnos, pero sin señalar que nos hemos equivocado. En el caso argentino fue una sucesión de errores y problemas que, de manera predecible, me permitió cantar este resultado anteriormente.

Para vencer las elecciones, lo mínimo que se requiere son una buena campaña y un candidato que convenza a las personas. No era el caso de Scioli. Sabiendo que ni siquiera tenía el apoyo total del kirchnerismo, su campaña no buscó convencer a la misma izquierda que en parte le daba la espalda.

La nueva izquierda latinoamericana, autodeterminada progresista, debe entender de que la condición “sine qua non” para que un gobierno avance, innegablemente pasará por un sucesor, por supuesto, considerado como legítimo por sus bases. Pero para algunos movimientos progresistas, eso se ha transformado en una tarea difícil. La vieja práctica clientelar generada en momentos electorales acaba sustituyendo un natural proceso interno de construcción de un consenso, con quienes al final del día, son los que calle por calle, trabajan por la continuidad: el pueblo.

El exceso de confianza de los movimientos progresistas generado por sus aciertos sociales, hizo que confundieran administración pública con el quehacer político. Nadie jamás reemplazará hombres de la estatura de los comandantes Fidel y Chávez, o de Lula, Mujica, Evo y Correa. Todos ellos son líderes de un proceso en que la gente debe estar empoderada para que continúe de manera consistente. Cada movimiento político de izquierda en América Latina tiene la obligación de gobernar con y para el pueblo. Y con el pueblo, decidir quién debe dar continuidad a la revolución.

Las técnicas de comunicación política deben ser complementarias al trabajo político, ese mismo que no se hace tras los escritorios. Cuanto más se distancien los gobiernos y movimientos progresistas de esas premisas, más riesgos correrán los procesos. No se pueden barrer los errores y ponerlos debajo de la alfombra. La derrota de Scioli es una derrota para toda América Latina pese a que, él mismo no representaba el progresismo.

También no podemos olvidar que las clases medias, resultantes de los gobiernos progresistas, y que determinan el rumbo de las elecciones, ya no se identifican con la narrativa de la izquierda que habla para los pobres. El cambio de la demografía de la región no ha sido percibido en su totalidad por el progresismo. Es hora de reevaluar cómo se avanza una revolución que de alguna manera puede “amenazar” las conquistas de esa clase media. De ahí nace la inseguridad y el miedo, principales componentes de los discursos de Macri y la derecha de América Latina. Ahora, ellos construyen una percepción de que son el cambio que protegerá a la clase media de males “generados” por el progresismo. Que sirva de lección.

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