Democracia forajida

Por Samantha Gordillo

Hace diez años los y las quiteñas protagonizaron (protagonizamos) una revuelta popular autodenominada como la rebelión de los forajidos, tras un paro nacional convocado por diversos sectores sociales el 13 de abril del 2005, cuyos resultados no fueron los que esperaban sus convocantes y algunos sectores de la ciudadanía. Caía la tarde y los teléfonos de Radio La Luna no paraban de sonar. Esta emisora local era conocida por su postura irreverente hacia el poder, los fuertes comentarios de Paco Velasco y las sátiras musicales de Ataulfo. Sus radioescuchas se autoconvocaron a un “cacerolazo” para esa misma noche en la tribuna de los Shyris. Así empezaba la semana final del gobierno de Lucio Gutiérrez.

Esa misma noche, algunos participantes del denominado cacerolazo acudieron hasta el domicilio de Gutiérrez, donde gritaron consignas en contra de su gobierno y golpearon ollas vacías como señal de protesta. Al día siguiente, temprano, en su habitual informe al país de los jueves, Gutiérrez los llamo forajidos, término que le fue arrebatado por los manifestantes quienes rápidamente se autoidentificaron como tales e incluso completaban sus presentaciones dando sus números de cédula.

¿Forajidos?

Si vamos al Diccionario de la Real Academia de la Lengua, ‘forajido’ se refiere a un delincuente que huye de la justicia y, para ello, abandona su pueblo. Quizás Gutiérrez intentó –desacertadamente– atribuir este primer significado de tinte peyorativo a quienes se levantaban en su contra, pero un poco más abajo encontramos una segunda definición que alude a un hombre o mujer que vive desentrañado de su casa o de su patria. Podría ser entonces que quienes protestaban estaban desentrañados de su patria; conducidos a sentirse ajenos de su nación por los constantes errores de Gutiérrez o, incluso, por el acumulado de malos gobiernos y de inestabilidad política que arrastraba el país hasta entonces.

No eran pues los y las ciudadanas los forajidos, era la democracia misma la forajida. La crisis de identificación ciudadana con el sistema representativo llegó al límite en abril de 2005, cuando no hacía falta solo cambiar un presidente, la consigna era: ¡QUE SE VAYAN TODOS! La petición de la gente en las calles era una asamblea constituyente para volver a empezar. Nuestras instituciones democráticas y sus representantes tenían la credibilidad por el piso, la capital política del país, Quito, alternaba las actividades de su vida cotidiana con las protestas contra el Gobierno. No podíamos seguir así.

Además de los continuos desaciertos, la base de Manta, las negociaciones para un TLC con EEUU, el cambio de jueces de la Corte Suprema de Justicia, su servilismo hacia EEUU, el FMI y el Banco Mundial, el retorno de Abdalá Bucaram, los paquetazos, la mala calidad de vida de los y las ecuatorianas, Gutiérrez tuvo que pagar el cúmulo de desaciertos pasados, desde el feriado bancario y la dolarización, hasta la última política económica o social desacertada de sus predecesores, de las cuales muchos de sus colaboradores fueron parte e incluso hoy aparecen desvergonzadamente en la palestra política.

Gutiérrez fue quien, a su estilo, logró exacerbar los malestares de la ciudadanía, quien le dio forma, cuerpo y cara al hastío de la gente hacia las formas de gobierno que el país había sufrido. Sostenidas, sí, por una democracia representativa, que se vendía al mejor postor, y vendía además los intereses de aquellos que debía representar. Democracia representativa que nace pendiendo de un hilo muy flexible, capaz de adaptarse a escenarios hostiles y de reinventarse para sobrevivir, pero que termina rompiéndose por el lado más débil, del lado de aquellos que sufren su existencia. Hace diez años, nuestro sistema político representativo colapsó, no pudo reinventarse más, el hartazgo de las personas hacia la clase política era evidente. Hacía falta más que un gran discurso político para contentar a la ciudadanía, para llegar de nuevo a Carondelet, y hacía falta más que eso para lograr terminar el mandato presidencial.

De esta democracia forajida, de esta falta de legitimidad del sistema político y de esta crisis de representatividad nacieron nuevos procesos políticos. Esta crisis, sus movilizaciones y la necesidad de retomar el rumbo del país, dio a luz al proceso constituyente del 2008, por ejemplo, en el que una extensa diversidad de sectores sociales y políticos participó con sus esperanzas e ideas. Este proceso intentó (o sigue intentando o lo va logrando) reconciliar a la ciudadanía con una democracia representativa reinventada y dotada de nuevos elementos de participación, pero que no ha logrado serlo del todo.

He ahí el reto para todos y todas, en cada uno de los niveles, de construir mecanismos de participación directa; de empoderarse de los espacios de decisión y de participación; de dar paso a todas las formas de participación con las que estamos de acuerdo (y con las que no también); de superar los momentos de crisis como una oportunidad de crear mejores condiciones de vida y de participación política; de superar los mínimos para sostenerse en un determinado cargo de elección popular y apostarle a transformaciones en la estructura y, quizás, por qué no, a transformaciones del sistema político.

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